A la viva memoria
de nuestra madre
¿Qué movía tu mano,
madre
a desplegar las varillas, a batir las alas
del aire que ya no
respirabas?
¿cómo tus dedos de muñeca
quieta
una y otra vez las
desplegaban
y en ciego cumplimiento de
orden tuyo,
volvían a
cerrarlas?
Ya estabas, madre, sola y
muda
Y muerta para el
alma,
Ya nos habías ido
soltando
A tus hijos y a tu
casa...
Pero allí todavía el abanico
en tu mano se abría y se
cerraba.
¿Era ese el último
hilo
que la labor aún te
reclamaba
y que en ciego amor sin
nombre
tu mano en el aire lo
encauzaba?
¿O quizá era que más allá de
ti
un hondo mandato te
empujaba
a seguir aventando al
mundo
del peso de su
carga?
¿O tal vez sería que las
cosas
que tú en vida
tocaras
de ti desprenderse no
querían
pues tú, madre, tu les
dabas
el justi uso que sus almas
requerían
y era el abanico el que
abanicar pedía?
¿O quizá era un volar de
mariposa
tan leve y tan alado que en
torno de tu rosa
bordaba su adiós
inacabado?
Ya se habían borrado para ti,
Madre, las familiares
caras,
Ya sorda en el vacío te
perdías
Y ni el dolor ni mi voz ya te
alcanzaban...
Pero allí misterioso el abanico
En tu mano se abría y se
cerraba.
Isabel Escudero